Crecimiento sin desarrollo: obsolescencia programada

Pese a que estamos acostumbrados -incluso en épocas de crisis- a que el crecimiento económico, a largo plazo, se mantendrá en el tiempo, de que el PIB siempre crecerá, de que la gráfica que muestra las cifras de la economía sea creciente; no obstante, debemos tener muy presente de que el crecimiento no implica desarrollo, son dos conceptos independientes. Pretendo, con este artículo, dejar clara esta idea.

En otro lugar, he hablado del sistema capitalista como el mejor de la historia, cuyas leyes aumenta el bienestar de la sociedad. Sin embargo, dicho esto, no significa que no sea mejorable, pues, como afirmó Daniel Soler en otro artículo, cuando algo no es mejorable, es imperfecto. El statu quo es imperfecto. El libre mercado, además de depender del Estado, tiene fallos muy concretos, como las externalidades, el poder de mercado o los bienes públicos. En este artículo, haré referencia a los dos primeros: el poder de mercado y la externalidad que produce o, dicho de otro modo, la concentración de poder que las empresas generan provocan una ineficiencia en la sociedad, desaprovechando, así, posibilidades de crecimiento.

Los acuerdos colusivos o acuerdos entre empresas, uno de los peores problemas que pueden presentarse en la economía, han originado a lo largo de la historia graves consecuencias para la sociedad. Por ejemplo, los países exportadores de petróleo se asociaron en un cártel para no hacerse competencia entre sí y, en consecuencia, poder aumentar el precio del petróleo a voluntad. La consecuencia fue un aumento generalizado de los precios en todo el mundo, y las consiguientes crisis del petróleo. Otro cártel, que todavía sigue afectando subrepticiamente en nuestra vida cotidiana, que se produjo a mediados del siglo pasado, bajo la denominación de Phoebus S.A., marcó un precedente. En este acuerdo, se asociaron los fabricantes de bombillas, para no hacerse competencia, y fabricar bombillas a voluntad. En concreto, limitaron la duración de las bombillas a 1.000 h diarias. Así, las empresas seguirían obteniendo beneficios, pues tras esas mil horas, el cliente volvería a comprar de nuevo la bombilla.

Esta idea se trasladó por todo el mundo y, hoy, es una regla en todos los productos. La impresoras, por ejemplo, tienen un número de copias de duración, que tras alcanzarlo quedan inservibles. También sucede lo mismo con los automóviles que, llegados a un cierto kilometraje, su electrónica deja de funcionar. De hecho, la URSS, en competencia con Occidente, logró producir lavadoras que perduraban más de 25 años. Se trata de la filosofía de comprar, tirar, comprar. Esta filosofía es muy peligrosa, pues reflejará un crecimiento ficticio, a saber: se siguen efectuando transacciones, pero las necesidades del consumidor no se satisfacen idóneamente y los productos no se diseñan para favorecer el desarrollo, sino el consumo y el crecimiento.

Desde 1901 encendida

Para nutrirnos más en el asunto, hemos de saber que, antes de que se generalizase esta política, se patentaron bombillas con una duración de más de 100.000 h. Además, todavía siguen estando en funcionamiento este tipo de bombillas desde 1901. Una muestra de que los acuerdos entre empresas restringen el verdadero desarrollo económico que podría generarse con libertad y competencia.

¿Es este un problema del sistema actual? ¿Es un fallo del capitalismo? ¿Es el consumismo lo que nos mantiene el crecimiento económico o el desarrollo? Como argumento a prima faccie puede sostenerse. No obstante, la situación puede revertirse a mejor, a saber: impedir la producción desleal, fomentar la competencia y prohibir los acuerdos colusivos, impedir definitivamente los escasos fallos de mercado existentes.

Apunte sobre el consumismo

Merece la pena hacer referencia a un fenómeno de gran importancia en la actualidad: el consumismo. Muchos economistas, políticos, grandes personalidades e incluso índices económicos como el PIB, sobrestiman sobremanera el efecto que el consumo tiene en la economía. Se ha demostrado que el consumo afecta a la economía tan solo un tercio, mientras que la producción, la investigación y el diseño lo hace dos tercios. Y es que solo basta con el siguiente ejemplo para comprender esta idea en su totalidad. Muchos países con índices de desarrollo reducidos pueden presentar una tasa de consumo exuberante. La diferencia entra las naciones ricas y pobres es que las primeras han diseñado, invertido y ahorrado para conseguir bienes de mayor calidad que, no obstante, han requerido mayor tiempo en la fabricación de los mismos. Por lo tanto, el consumismo, sobrevalorado enormemente (debido, en parte, por influencia keynesiana), no produce desarrollo económico alguno.

Fin de la obsolescencia programada, ¿fin del crecimiento?

Ahora bien, ¿es posible, entonces, que el capitalismo siga floreciente sin la cultura del consumismo? Por supuesto. Es más, de convertir en inexistente la obsolescencia programada, el sistema económico avanzaría varios peldaños, aumentando la potencialidad vital de la sociedad en general, aprovechando los recursos y exprimiendo todas las posibilidades existentes.

Imaginemos que las bombillas, impresoras, ordenadores, automóviles y, en general, todo tipo de producto tiene una vida de varios cientos de años. La sociedad tendrá ya esas necesidades cubiertas y, por consiguiente, tendrá que dedicarse a cubrir otras necesidades más elevadas (erradicación de la pobreza, desarrollo de nuevos productos, mayores recursos destinados a la investigación, etc). Por ejemplo, y como analogía, la necesidad de oxígeno, al tenerla cubierta, no necesitamos una empresa que nos lo proporcione y, por tanto, ese trabajo que podría dedicarse a producir oxígeno se dedica a otros ámbitos (producción de comida, automóviles, etcétera).

Las empresas que ahora utilizan la obsolescencia programada dejarán de obtener los beneficios actuales, convirtiéndose en empresas de pequeñas dimensiones, pero que, como ya he dicho anteriormente, este proceso, logrará una liberación de recursos que podrían destinarse a otras actividades. Por eso es un fallo de mercado, una externalidad, ya que el beneficio individual, en este caso, no coincide con el social. Se trata, en definitiva, de que en lugar de producir siempre lo mismo (porque tendrá que reponerse), se produzca otro tipo de bienes deseados por la sociedad. Entonces, los factores que se dedican a la producción de bienes con obsolescencia programada, al quedar libres, se redistribuirán a otras actividades, por ejemplo, en el sector servicios o implementar el bienestar en África.

Por tanto, la obsolescencia programada a la que nos hemos referido constituye un círculo vicioso, donde el dinero circula, y que genera crecimiento económico; pero que no produce desarrollo, ni aumenta los niveles de bienestar. Y, por tanto, la prohibición del mismo no producirá desempleo, descenso en la producción o decrecimiento económico, sino una redistribución de los recursos que se dirigirán a lugares en donde su trabajo generará un rendimiento de mayor valor.

Destinemos todos los esfuerzos a producir y desarrollar lo que no hay, en lugar de lo que ya está producido

Keynes, bastión del consumismo

Y es que no se trata de colocar a la mano de obra o de iniciar un trabajo, por el mero hecho de crear un puesto de trabajo o abrir una empresa. El desarrollo económico consiste en transformar la naturaleza, dándole mayor valor a la misma; incrementar la cantidad y calidad de conocimiento de la sociedad; incrementar el grado de libertad de la misma; mejorar las condiciones higiénico-sanitarias, aumentando, en consecuencia, la esperanza de vida y el crecimiento natural de la población. Nada que ver con el aumento del consumo, o con el movimiento circular del dinero, como Keynes quería.

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8 comentarios el “Crecimiento sin desarrollo: obsolescencia programada

  1. Ksjetd dice:

    Creo que los problemas de base sobre los que hay que actuar son dos:

    1. Posible acuerdo entre productores para no perjudicarse unos a otros (oligopolio), perjudicando al consumidor.
    2. Falta de información por parte de los consumidores de lo que están comprando, y lo que va a durar funcionando.

    Solucionado esto, el libre mercado y la competencia harían el resto, aumentaría la calidad, el desarrollo, etc. Los problemas sobre los que hay que actuar son los dos primeros. Sobre el segundo, se trata de regular para que la información relevante sea pública (y posiblemente aparezca en el mismo producto), sobre el segundo, es más largo, un enlace:

    http://ingpolitica.blogspot.com/2010/12/como-introducir-competencia-en-un.html

    • anveger dice:

      Sí, toda la razón. Creo que la solución concreta a esto está en crear los productos más caros y perdurables (por ejemplo, bombillas que duren 25 años y que valgan 25 €), así nos ahorraríamos producir 25 veces lo mismo.

      • Nacho dice:

        el problema es: ¿Quién controla el que no se realicen pactos entre los productores para que no nos perjudiquen? ¿Los gobiernos? ¿verdaderamente queremos libertad de mercado para que las empresas hagan los acuerdos que vean necesarios para beneficiarse y perjudicar al consumidor?
        Con respecto a lo de mejorar los productos y centrarnos en cuestiones más globales como erradicar la pobreza, está claro de que si esa sociedad funcionaría debería tener unas bases estructurales muy diferentes a las actuales, puesto que el primer problema que se me viene a la cabeza sería: ¿Como hacemos para darle trabajo a varios miles de millones de personas en menos campos sobre los que trabajar que los ya existentes? Se podría aumentando los puestos de trabajo en esos campos pero es una idea que no veo demasiado factible.

      • anveger dice:

        En 1948, se creó una asociación internacional llamada GATT que tenía como objetivo expandir el librecambismo e impedir los cárteles, pero como hemos visto no lo ha conseguido. Así que los que prohíben el libre mercado son los organismos internacionales como la OMC o la ONU. Y si es una solución, porque para que una empresa mantenga el mismo ritmo de producción con la obsolescencia eliminada debe ir a más países. Al eliminar necesidades en un sitio, se eliminan fábricas y trabajadores que pueden trabajar en otro lugar o actividad. Se trata de trasladar de lo innecesario a lo necesario. El problema de los países más probres son los gobiernos tiránicos que impiden la globalización.

      • Ksjetd dice:

        Libre mercado y acuerdos entre empresas es un oxímoron. El libre mercado requiere competencia, así que eliminar esos oligopolios y acuerdos es liberalizar el mercado.

        Y la mejor forma que se me ocurre de impedir que se hagan acuerdos es la que comento aquí: http://ingpolitica.blogspot.com/2010/12/como-introducir-competencia-en-un.html (sí, otra vez) La libertad implica que el Estado también es libre de hacer una empresa en un sector en que la competencia lo pone excesivamente fácil.

        Con respecto al problema de dar trabajo a más gente, es la I+D+i de toda la vida, impulsada por el libre mercado y unos consumidores informados (acerca de las mejoras que I+D+i ha aportado al producto), con lo que surgirían campos nuevos, por ejemplo la robótica está empezando, en los hogares prácticamente sólo hay robots que aspiran la moqueta, alcanzar el potencial según la ciencia ficción nos llevará mucho tiempo y trabajo que debería estar, además, bien remunerado.

      • anveger dice:

        Efectivamente, me ha encantado ese comentario.

  2. […] Obsolescencia programada y crecimiento anveger.wordpress.com/2011/01/31/crecimiento-sin-desarrol…  por anvegar hace 3 segundos […]

  3. deed dice:

    nos disponemos a realizar un análisis sobre un documental emitido en rtve sobre obsolescencia programada, en relación con el derecho a la competencia y la protección de los consumidores.
    En primer lugar, cabe aclarar el concepto de obsolescencia programada, expresión que hace referencia a la reducción intencionada de la duración de un producto con el objetivo de incrementar su consumo. Esta idea está basada en una concepción económica que entiende que el ciclo económico moriría en el caso de que los productos pudieran durar eternamente, ya que los consumidores no necesitarían renovarlos. Esto supondría según esta concepción el fin del equilibrio económico, ya que las empresas comenzarían a reducir sus ventas alarmantemente. Del otro modo, las empresas acuerdan la vida de los productos atendiendo a sus planes de ventas, de manera que el consumidor volverá a pagar por reemplazar un producto todavía capaz de satisfacer la necesidad para la cual fue creado. Así, las empresas tienen la necesidad de producir porque la demanda será constante.
    El problema surge al analizar el concepto desde el punto de vista del derecho a la competencia. En su origen, la competencia perfecta es entendida como una situación económica en la que ninguna empresa es capaz de influir en los precios, los cuales deben ser el resultado del libre juego entre la oferta y la demanda. De esta forma, las empresas deberán competir entre ellas por ofrecer las mejores prestaciones a un precio que pueda tentar al consumidor, siendo dicha competencia la base del equilibrio económico. Con la aparición de la obsolescencia programada, desaparece esta competencia entre las empresas por querer ofrecer el mejor producto al mejor precio y acaparar más cuota de mercado. Ahora la empresa tiene como objetivo la fabricación de un producto cuya duración debe ser menor a la vida real que podría llegar a alcanzar realmente. Las investigaciones cambian su curso, y se encaminan a la creación de nuevos productos con una duración menor. Puede parecer ilógico, pero esa reducción de la vida útil de los productos provoca en los compradores una necesidad de renovarlos que les lleva a estar consumiendo constantemente; evidentemente, si la demanda es constante, la oferta necesitara serlo, y de esta manera la producción será siempre necesaria. Esto conlleva un gravísimo problema, y es que, a la larga, los recursos naturales del planeta no podrán satisfacer tantísima producción, ni quedará espacio para albergar los desechos de los materiales que fueron renovados.

    Si nos centramos en la legislación que protege a los consumidores y usuarios, nos encontramos con una segunda controversia: con el fenómeno de la obsolescencia programada, el consumidor sale evidentemente perjudicado, por no decir estafado. Los compradores pagan un dinero por un producto que no va a durar todo lo que debería, y todo por decisión de las empresas que lo venden. No obstante, el problema no acaba aquí, ya que el consumidor que salió perjudicado una vez volverá a verse en la necesidad de comprar nuevamente el mismo producto, y así sucesivamente. Aparece aquí el debate de si esta alteración intencionada de la vida útil de los productos con el objetivo de aumentar su consumo carece de legalidad o no.

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