Los torquemadas y el desprecio por el contexto

Nos guste o no, en todas las sociedades existen colectivos que, por una razón o por otra, viven con más dificultades, son excluidos social y laboralmente y tienen que cargar sobre sus hombros con terribles lacras. Con la llegada de la corrección política, en un intento de acallar las voces de la mala conciencia y de ocultar los problemas, amplios sectores de los grupos sociales imperantes han tratado de sustituir las palabras que designan a estos colectivos por otras que consideran neutrales y, por tanto, no ofenden a quienes designan. Sin embargo, resultan de este intento palabras vacías, carentes de coherencia conceptual y que hilan un discurso inabordable por lo vacuo de su significado.

Sin embargo, estas teorías acerca del lenguaje no han quedado relegadas a los círculos políticos y universitarios de donde surgieron, sino que han conseguido hacerse un hueco en el discurso de muchas personas. Tal es el caso que algunas editoriales están empezando a sustituir palabras que consideran ofensivas por otras aprobadas por la corrección política. Valga como ejemplo la conocida obra de Mark Twain Las aventuras de Huckelberry Finn. En ella, la palabra “nigger” aparece en más de 200 ocasiones. Hace dos años, la editorial Newsouth books decidió volver a publicar el libro sustituyendo “nigger” por “esclavo”.  La razón que se esgrimió fue que el término “nigger” es peyorativo y podía herir las sensibilidades de la población negra.

Sin embargo, las palabras no son las que hieren, sino el contexto en el que se pronuncian. Así, cuando los miembros del ku-klux-klan golpeaban a los negros a grito de “nigger”, podemos hablar de un contexto racista, y por tanto de un uso racista de la palabra. En cambio, cuando dos chavales negros se encuentra en el Bronx y se llaman “nigger” el uno al otro, estamos ante un contexto cordial y amistoso, por lo que la palabra pierde su connotación racista.

Lo mismo ocurre con la palabra “maricón” en español. Si un grupo de skinheads apalea a un travesti a gritos de “maricón”, se hace un uso homófobo. Pero yo he asistido a contextos en los que dos amigos homosexuales se han dicho “¿qué dices, maricón?” con una intención totalmente cariñosa, por lo tanto la palabra “maricón” no es homófoba per se.

Pese a la evidencia de estos hechos, sigue creciendo el número de personas que favorece la censura del lenguaje y toma los conceptos desde la entelequia de una generalidad que no existe. Las palabras no toman vida aisladas, sino unidas a un contexto que las hace válidas, por lo tanto es al caso concreto a lo que tenemos que atender para formarnos una idea de las cosas.

Las razones que llevan a censurar las palabras son esencialmente dos: por un lado, la existencia de ciertas realidades desagradables, como la pobreza, el racismo, la violencia, lleva a muchas personas a escudarse tras la aparente neutralidad de un término para ignorar la realidad. Sin embargo, esto sólo oculta la realidad en el aspecto psicológico, para ahuyentar los sentimientos de culpa, pero no hace desaparecer las realidades incómodas. Así, los nuevos eufemismos adquieren las cualidades negativas que en principio neutralizaban, como ocurrió con asilo de ancianos, que primero se transformó en hogares de la tercera edad y más tarde en centros de mayores.

Por otro lado, estas tendencias provienen, a mi juicio, de dar respuestas equivocadas a preguntas equivocadas. Se pregunta: ¿Qué opina usted de las drogas? ¿Es usted de izquierdas o de derechas? La trampa de estas preguntas radica en su simpleza. Cuando concebimos las palabras de manera aislada, la única información que tenemos de ellas es una imagen mental, estereotipada y centrada en la estética que produce, como toda imagen. Esta realidad incapacita al sujeto a la hora de profundizar en las cuestiones, pues su única herramienta analítica es la emoción que le induce la imagen evocada.

Ahora los torquemadas del lenguaje apuntan con el dedo a quienes utilizan un lenguaje desnudo y los acusan de racistas, homófobos y machistas, de no cubrir las partes pudendas con el ropaje de la autocensura. ¿Cambiarán la hoguera por un tachón en nuestras producciones? ¿Volverá a causar espanto la desnudez, lo natural y la realidad de las cosas?

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