El árbol de la verdad.

Pío Baroja en El árbol de la ciencia dejó el siguiente trallazo:

La ciencia entonces, el instinto de crítica, el instinto de averigüación, debe encontrar una verdad: la cantidad de mentira que es necesaria para la vida.

En el libro, Baroja contrapone la ciencia a la vida, afirmando que son dos árboles contrapuestos: mientras uno descansa sobre la verdad el otro descansa sobre la mentira. Sin embargo, yo creo aquí que Baroja está confundiendo ciencia con filosofía. No creo que la ciencia busque la verdad en el sentido que lo hace la filosofía, son dos saberes distintos. Sin embargo, lo cierto en la frase de Baroja es que efectivamente, la búsqueda de la verdad en el sentido filosófico puede ser contraria a la vida. La búsqueda de la verdad en el sentido filosófico resulta infructuosa. Es más, la verdad filosófica es una entelequia que a mi parecer no tiene utilidad ninguna más que la de jugar con el conocimiento: por más pruebas que se tengan de un hecho o incluso de una teoría, la mente siempre podrá crear razones que nos hagan dudar de cualquier cosa. Ahí es donde están los escépticos. Así se crea el concepto de epojé, de suspensión del juicio: dado que la imaginación es más potente que la realidad, siempre seremos capaces de dudar de cualquier cosa  por ello nunca habrá razones suficientes para estar completamente seguro de algo. Efectivamente todo esto es contrario a la vida y a la acción, como bien decía Baroja y todo el que ya haya dicho esto.

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Sócrates decía que era el más sabio de los atenienses porque decía que el sabía que no sabía nada, mientras que el resto no se percató de esta idea. Efectivamente, aquel que se crea en posesión de la vedad es un necio. Ahora bien, la ciencia discurre por caminos muy diferentes a los de la filosofía y en mi opinión es mucho más completa y útil que la filosofía. La ciencia incluye algo muy importante de lo que carecen gran cantidad de filósofos: el concepto de duda razonable. Siempre podremos dudar de cualquier hecho, pero dentro de unos límites. Cuando para rechazar una teoría o un hecho debemos recurrir a dudas insensatas, podemos afirmar que este hecho es consistente, que podemos aceptarlo. Pero no sólo eso, no creo que la ciencia busque la verdad en el sentido que lo hace la filosofía. La ciencia sólo intenta verificar hipótesis a través de premisas (deducción), a través de la experiencia (inducción) o una combinación de ambas. Además los científicos saben que muy difícilmente pueden trabajar con el concepto de una teoría que lo explique todo o que sea definitiva, sino que la experiencia y los nuevos descubrimientos van mejorando las teorías previas y la ciencia se va perfeccionando (principio de falsabilidad). Digamos que mientras que la filosofía usa la imaginación, la ciencia usa la observación y la verificación.

Dicho esto, concluyo a día de hoy que la verdad en el sentido filosófico es una entelequia que no tiene sentido y que todo aquel que quiera avanzar en un ámbito científico debe primero saber que la verdad es inalcanzable, como bien decía Sócrates. Es decir, la verdad solo nos lleva a ideologías que ignoran el mundo real, la experiencia, las demostraciones, los experimentos, etc. Así aparecen conceptos como el sesgo de confirmación, que consiste en que un individuo presenta una ideología concreta e intenta buscar en la realidad sólo aquellos hechos que la confirman, ignorando aquellos hechos que la refutan por completo.

Desde mi punto de vista como economista, creo que es una virtud intentar observar la realidad con el menor número de ideologías posibles, aprender de los hechos observables que apunten en cualquier dirección ideológica, estudiar todo tipo de teorías contrapuestas, contrastarlas, falsar las teorías anteriores y mejoralas. La economía al ser una ciencia poco experimentable y al estar relativamente poco desarrollada se presta mucho más a contaminaciones ideológicas y a personas que todavía no entendieron a Sócrates o a Popper.  El mundo es imperfecto y la realidad difícilmente encajara el completo en la estructura mental de alguien, por ello lo más razonable es aceptarlo y aprender (y desaprender) constantemente de los cambios y del mundo. En definitiva el árbol de la verdad no da frutos.

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