La lucha de contrarios en la literatura

Si tuviera que escoger de entre todos los siglos literarios que el ingenio humano nos ha brindado, sin duda alguna me decantaría por el XIX. Es el siglo del romanticismo, de la subjetividad, del debate moral en plena crisis espiritual y de la rienda suelta a los sueños y deseos del hombre.

Hoy me gustaría comentar tres obras de reciente lectura y que me han influido profundamente tanto en mi pensamiento, como en mi pasión decimonónica. Dos de ellas pertenecen a las postrimerías de este siglo y otra a los comienzos del XX, pero que bebe directamente de las teorías de la angustia que Kierkegaard expuso en el siglo XIX.

En primer lugar, por orden cronólogíco, El Extraño Caso del Dr. Jekyll & Mr. Hyde, del escocés Robert Louis Stevenson. Esta breve obra presenta el dualismo moral que todas las personas presentamos; la lucha interna entre el bien y el mal, la mezcla de dos caracteres contradictorios en nuestro ser. Como bien dice el Dr. Jekyll en la obra, no se trata de hipocresía, porque la persona realmente siente de las dos maneras. El Dr. Jekyll representa nuestra conciencia, nuestro filtro moral para actuar de acuerdo a nuestras ideas; por otro lado, Mr. Hyde simboliza el subconsciente, el ser humano liberado de las cadenas sociales; es el lado malo que todas las personas tenemos.

Esta obra fue editada en una época de tremenda hipocresía por parte de la sociedad victoriana. Este clima indudablemente impulsó al autor a escribir este libro.

Drácula, de Bram Stoker, dio el pistoletazo de salida a una serie de historias acerca de criaturas no-muertas que muerden el cuello de los seres normales para convertirlos a su especie. Si bien es cierto que las leyendas de vampiros ya existían anteriormente en tierras eslavas, fue esta obra la que, con el tiempo, consiguió expandir el mito.

Aunque no en su forma, este libro da cuenta de profusas referencias religiosas; es la lucha entre el bien y el mal. Drácula representa al diablo, al pecado, a la inexorable tentación. Los personajes que intentan darle caza hacen constantes alusiones a Dios, se encomiendan a Él como salvador y el concepto del espíritu humano y de su moral se muestran de forma constante.

Durante la historia, la presencia de Drácula se insinúa de una forma muy sutil, de manera que Drácula aparece tan sólo en una cuarta parte de las páginas, creando un ambiente de terror que obras posteriores no supieron crear al hacer aparecer al monstruo constantemente.

La Metamorfosis, de Franz Kafka, pertenece ya al siglo XX y es una novela de fondo metafísico-existencialista. Consta de una forma y un contenido expresados a modo de metáfora. La forma es que Gregorio Samsa, un joven trabajador que mantiene a toda su familia con el sudor de su frente, se despierta un día convertido en un bicho y trata de ocultarse de su familia en su habitación para que no se den cuenta de en qué se ha convertido.

El contenido es la interpretación que se pueda hacer de esa metáfora, que en este caso, son tantas como personas en el mundo lo lean. Se ha hablado mucho sobre una novela autobiográfica, que pone de relieve la incomodidad que sentía Franz Kafka durante su vida en Praga, ya que él se sentía judío y no se veía integrado.

Mi interpretación personal es que el personaje principal representa al hombre que se da cuenta de su posición en la vida y ve cómo su familia lo ignora a pesar de que se sacrifica laboriosamente por ellos.

En los tres casos el hecho que subyace es la existencia de un alter ego en el ser  humano y la dualidad entre el bien y el mal, una de las mayores preocupaciones literarias del siglo XIX.

Mi opinión es que, en efecto, en el ser humano existen dos seres espirituales, el «yo» consciente, el de la razón y autocontrol, que realiza los actos de acuerdo a su moral y por otro lado el «yo» subconsciente, que florece en la pasión y la locura, la irracionalidad, la imaginación, los sueños. Estos dos seres se representan literariamente en el siglo XIX, ya sea a través del realismo o del romanticismo.

Biopolítica

La política, por suerte o por desgracia, tiene la facultad de inmiscuirse en todos y cada uno de los intersticios de la sociedad. A decir verdad, la política no es más que la sociedad; la relación entre individuos.

El problema radica cuando la política se convierte en medio hacia el poder, cuando la democracia ya no es directa; cuando los representantes solo se representan a sí mismos. Entonces la política pasa a estar controlada por los políticos, y como el poder corrompe a todo hombre, la política queda convertida en un ámbito de obstentación, poder, control, corrupción. Así, algo a priori tan maravilloso como el estudio de las relaciones humanas, se transforma en la horrendidad de los políticos, enemigos de la sociedad. Tan enemigos pueden resultar que trocan el curso del progreso y la Naturaleza, cambiando, por ejemplo, las leyes educativas para convertir la enseñanza en la pedagogía del político de turno.

Si Platón reencarnase en un país como España, con toda seguridad saldría aún más asqueado de la política de lo que lo hizo en Atenas. Y es que en Occidente la situación es aún peor: mayores injusticias (incomparables a la sufrida por Sócrates), reinado de la vulgaridad y un dualismo, seguramente alimentado por el filósofo, que ha terminado resultando gravemente pernicioso.

Sabrán ustedes que en el Occidente actual (ni en otro espacio, ni en otro tiempo) existe un afán por los dualismos (alma-cerebro, bueno-malo, etéreo-terrenal, etc.), que no son otra cosa que un exagerado simplismo, reduccionismo, con grandes dosis de tergiversación. Todo ello orquestado por los políticos.

La política, o más bien, la política de los políticos suele caracterizarse, entre otras muchas, por el sectarismo, la irracionalidad, la inseriedad, la inelegancia y, por último, la incoherencia. No lo digo solamente yo: «Ideología significa idea lógica y, en política, no hay ideas lógicas, hay ideas sujetas a debate, pero nunca por la evidencia de una deducción lógica» José Luis Rodriguez Zapatero. ¿Cuántas veces oiremos las sórdidas disquisiciones entre polítiquillos? ¿Cuantas veces veremos a los políticos echarse flores y atentar contra sus adversarios? ¿Y a los periódicos -por supuesto, politizados- bailándole el agua a cada cual? Señores, no me digan que esto no es sectarismo.

Por el contrario, tenemos a la ciencia que se caracteriza por todo lo contrario: humildad, racionalidad y, en consecuencia, posibles cambios de opinión. Probablemente, Platón en esta coyuntura se hubiera decidido por las ciencias. Pero claro, la política, el poder, reina por encima de todo y somete, mancilla y usa a la ciencia. Esto no es más que un claro reflejo de la sociedad de hoy, pues la inferioridad cualitativa se antepone a la superioridad cualitativa, a saber: se confunde cantidad con cualidad y esencia con apariencia. Esta es la cuestión de que hoy nos ocupa.

La biopolítica no es más que el uso que hace la política de los aspectos biológicos, expresión usada por la filósofa Beatriz Preciado. Tiene que ver bastante con los supradichos dualismos: el dualismo hombre-mujer. No es más que la teoría del conocimiento nietzscheana, aplicada al susodicho dualismo. A los políticos les conviene sobremanera mantener intacto este dualismo. Así tienen recursos para entretener, dominar y manejar: violencia de género, matrimonios homosexuales, transexualidad, etc. Y lo vemos claramente en los espectáculos que nos brinda la señora Bibiana Aido. Algo tan diversificado como el ser humano; sin embargo, queda dualizado y disecado en dos palabras: masculino y femenino. ¡Hay más que eso! Mire usted, eso es superfluo, no conocemos nuestros genes. La importancia reside en la personalidad y no en el sexo, que somos individuos únicos e irrepetibles; lo que de verdad importa es nuestro deseo, nuestras elecciones, la subjetividad, lo que hacemos, nuestra fuerza de voluntad; para nada lo que nos viene dado. ¡Qué más da si se es hombre o mujer! Tal distinción refleja la quintaesencia de la sociedad actual: la apariencia. La esencia (ideas, gustos, personalidad) es lo que nos distingue. ¿Será tal cosa más importante que al sexo al que pertenecemos o las etiquetas que la sociedad nos cuelga!

En realidad, todo este artículo puede resumirse en la siguiente frase: no es más importante la diferencia entre hombre y mujer, sino las semejanzas: ambos son seres humanos.