El fin de la guerra contra las drogas: comienzan los susurros (y III)

Últimos cambios

El país que inició la guerra contra las drogas está siendo de los primeros en producir su caída. En el año 2012 los estados de Washington y Colorado legalizaron el uso recreativo de la marihuana. Desde entonces, otros seis estados han seguido su ejemplo, entre ellos la gigantesca California, con 40 millones de habitantes. Washington D.C. también ha despenalizado la posesión y la marihuana terapéutica es ahora legal en 29 estados.

Mientras tanto, la prohibición federal sigue vigente, pero no se ha aplicado durante estos años para impedir el avance de la legalización. Sin embargo, los empresarios de la marihuana aún se encuentran en situaciones económicas precarias, pues debido a esta prohibición federal no pueden solicitar préstamos a los bancos, que temen posibles represalias federales.

Su vecino del norte, Canadá,  se ha caracterizado desde hace tiempo por una visión aperturista en materia de drogas. Desde el año 2001 la marihuana terapéutica es legal en el país. Ahora el gobierno canadiense plantea una legalización de la marihuana recreativa en 2017, por lo tanto su venta legal podría comenzar en 2018. También es interesante la clara política de reducción de daños respecto a la heroína. Mediante este programa, los heroinómanos que no han tenido éxito mediante otros tratamientos reciben heroína pura para que no tengan que trotar la calle cometiendo robos para conseguir una dosis adulterada.

En el año 2001, Portugal decidió despenalizar el consumo y la posesión de todas las drogas. Si a una persona se le encuentra un máximo de dosis para diez días, será llevado ante una comisión compuesta por un abogado, un trabajador social y un médico y decidirán si imponer una pequeña multa o un tratamiento. En 1999, el 1% del país era adicto a la heroína y tenía la mayor tasa de muertes por sida de la Unión Europea. Tras la despenalización, el consumo de droga se ha reducido. Asimismo, las tasas de infección de sida se han reducido a mayor velocidad que en otros países europeos. El modelo portugués puede suponer un ejemplo para el resto de países que quieren adoptar un enfoque sanitario antes que penal.

En España, la única iniciativa con perspectiva de prosperar es el proyecto La Rosa Verda, en Cataluña. Con él se busca regular los clubes de cannabis a los que se permitiría dispensar marihuana a sus socios. De momento se han conseguido las firmas necesarias para que se debata en el Parlamento de Cataluña. Si la ley tiene éxito, es muy posible que la iniciativa se extienda al resto del país.

Al otro lado del globo, mandatarios como Duterte, presidente de Filipinas, han optado por una política de mano dura que busca limpiar el país de drogas. Desde su llegada al poder en junio de 2016, Filipinas ha apostado por la vía de la represión. Hasta ahora se han contado más de 6000 muertes de traficantes y consumidores relacionadas con esta escalada.

Qué esperar en el futuro

Donald Trump

Donald Trump se ha revelado como una personalidad imprevisible. Lo que sabemos de él hasta el momento sobre el tema es que, según sus declaraciones, jamás ha fumado un cigarrillo ni bebido una copa de alcohol. Tampoco se conoce que haya consumido jamás ninguna sustancia ilícita. En cuanto a la marihuana, ha sostenido estar a favor de su uso terapéutico y permitir a los estados legalizar su uso recreativo.

Más al margen de meras declaraciones, observemos el perfil de Jeff Sessions, hombre a quien ha nombrado Fiscal General. Sessions anteriormente ha sido Fiscal General de Alabama y senador. Su actividad en el senado ha estado marcada por su carácter conservador, mostrando su oposición a la inmigración y el matrimonio homosexual. En materia de drogas, en una sesión del senado en abril de 2016 se mostró claramente en contra de la legalización de la marihuana, ya sea para fines médicos o recreativos, y afirmó que «las buenas personas no fuman marihuana».

De momento conocemos el perfil prohibicionista de Sessions. Sin embargo, ya son 65 millones de estadounidenses quienes viven en estados donde la marihuana recreativa es legal, y aplicar la prohibición federal podría interpretarse como un ataque a los derechos de los estados. Además, uno de los estados que ha legalizado es California, con 40 millones de habitantes, donde Hillary Clinton dobló en votos a Trump y no ha parado de cundir el descontento, incluso las tesis que defienden una improbable independencia de este estado. Hay razones para pensar que no se va a reactivar la guerra contra la marihuana, pero solo la realidad nos enseñará el camino.

Respecto al futuro legal de la marihuana recreativa, el horizonte parece optimista. Es probable que en el plazo de cinco años la marihuana recreativa sea legal en más de la mitad de estados en Estados Unidos y cabe esperar que algún país europeo abra la vereda de la región, al margen de la tradicional política permisiva holandesa. En Latinoamérica ese país ha sido Uruguay y en cuanto un país de mayor peso en Hispanoamérica legalice, es probable que veamos un efecto dominó.

Con unas perspectivas positivas respecto a la marihuana, cabe preguntarse por el destino de otras sustancias ilícitas. La MDMA, por ejemplo, combinada con la psicoterapia adecuada, tiene un potencial muy beneficioso para el tratamiento del estrés postraumático y los conflictos entre parejas y familias. La Agencia de Alimentos y Medicamentos estadounidense (FDA) ha autorizado un estudio con enfermos de TEPT utilizando este fármaco junto a sesiones de psicoterapia. El estudio será financiado por la Asociación Multidisciplinar de Estudios Psiquedélicos, que ha recaudado el dinero necesario mediante crowdfunding. Un buen resultado podría suponer la legalización del éxtasis terapéutico, un paso importante para levantar el tabú que le ha supuesto ser droga ilegal y abrir el camino para una posible legalización con fines recreativos a largo plazo.

Por último, la normalización de las drogas no se decide únicamente en el ámbito legal. La sociedad siempre le lleva la delantera a la legislación e internet ofrece un mercado de drogas de buena calidad y sin violencia de por medio. A través del navegador Tor, que permite utilizar internet de manera anónima, el usuario de drogas puede entrar en distintos portales en los que se venden sustancias ilícitas a cambio de la moneda digital bitcoin. Cada cierto tiempo, los portales son cerrados por la policía, como en el caso de Silk Road (La ruta de la seda), pero inmediatamente vuelven a abrirse otros portales. El comprador recibe el producto en el buzón de su casa al cabo de un tiempo. La uso combinado de estos dos mecanismos, el bitcoin y tor, no entraña pocas dificultades, la seguridad sigue siendo escasa, pero se han eliminado a los intermediarios violentos y la autoorganización de las sociedades modernas promete para el futuro un mercado más elaborado, con mayores controles de seguridad y una mayor pureza de la sustancia.

En conclusión, la guerra contra las drogas nació como un experimento dispuesto a despojar al ser humano de ciertas sustancias demonizadas y lo que ha provocado ha sido un aumento de consumidores, oferta y desarrollo técnico de su elaboración. En un principio se optó por la vía represiva a escala mundial, apostando por la quema de cultivos y la criminalización de usuarios. Pasando las décadas, a principios del siglo XXI fundamentalmente los países consumidores han adoptado un enfoque de reducción de daños, en el que se acepta la inclinación humana a la ebriedad y de lo que se trata es de que se perjudique a la menor gente posible. Las dos primeras décadas de este siglo están viviendo un nuevo enfoque de la política de drogas que tiende a flexibilizar las medidas, de manera que una parte del globo apuesta por las políticas de mano izquierda y otra por las de mano dura. Entre tanto, los consumidores han aprendido a convivir con las drogas y a darse cuenta de que es esencial atender a la pureza del producto, el contexto en el que se toma y el estado anímico del usuario. Escohotado ha afirmado que la guerra contra las drogas acabará entre susurros, algo que ya podemos notar en los diálogos internacionales y, donde es aún más importante, en la relación cotidiana del individuo con las drogas.

 

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