El fin de la guerra contra las drogas (I): Los orígenes de la prohibición

Introducción

Existen diversos temas que se han mantenido polémicos en prácticamente todos los rincones del orbe desde la noche de los tiempos, a saber, el sexo, la religión, la muerte, la escatología… En la lengua, estos temas se desdoblan y dan lugar, por un lado, a los tabús y, por el otro, a la transgresión. El lingüista Steven Pinker sostiene que precisamente de estos tabús derivan nuestro lenguaje malsonante y su contraparte políticamente correcta, los eufemismos.

Todos estos tabús proceden de épocas pretéritas cercanas al nacimiento de los pueblos. No obstante, hay un tema tabú cuya aparición es propiamente moderna. Me refiero al de las drogas. Pocos campos semánticos se han expandido tanto en el último siglo hasta el punto de generar diferencias de registro y regionales.

Todas las sociedades que se han conocido hasta la fecha han tenido relación con al menos un fármaco. Esto quizá se deba a que para el ser humano la necesidad de embriagarse es tan fuerte como la de otros placeres. Sin embargo, en ninguna otra época se había temido tanto a ciertas drogas como para sostener que existe un problema con ellas y que hay que declararles la guerra. Para comprender los fundamentos de la prohibición de ciertas sustancias, lo mejor será hacer un repaso a sus orígenes.

El origen de la cruzada

Ya en sociedades pasadas encontramos escritos en los que se recrimina el abuso de drogas como el vino, pero para que el reproche se convierta en guerra total, hemos de remontarnos a la sociedad estadounidense de principios del siglo XX.

Los hechos sociales son multicausales y la guerra contra las drogas no es una excepción. A principios de siglo se dan cita en EE.UU. una serie de factores que desencadenarían una nueva perspectiva en materia de drogas. Todas ellas vienen descritas a la perfección en la canónica Historia General de las Drogas de Antonio Escohotado.

En primer lugar, el siglo XX supone en buena medida la secularización de occidente. La firme creencia en Dios comienza a languidecer y los sacerdotes pierden su posición como rectores morales. Alguien tenía que ocupar ese espacio. Es entonces cuando gana protagonismo el estamento médico. La moral de la sociedad futura se guiaría en buena medida por pautas farmacológicas.

En segundo lugar, los diferentes movimientos prohibicionistas comenzaron a unificarse en torno a los clubes religiosos y el Prohibition party. De esta forma, se logró crear un grupo de presión lo suficientemente potente como para forzar leyes que restringieran el uso de fármacos.

Por último, y quizá como fundamento principal, tenemos las tensiones raciales propias de la sociedad norteamericana. A lo largo de la primera mitad del siglo XX, la población blanca comenzó a demonizar a una serie de minorías étnicas a quienes relacionaban con diversas sustancias corruptoras. Al alcohol, por ejemplo, se lo asoció con irlandeses e italianos, que, al ser católicos, eran mal vistos por los protestantes; a la cocaína, con los negros, una minoría que, tras la abolición de la esclavitud, buscaba igualar sus derechos a los de la población blanca. Finalmente, los chinos habían padecido el odio de los sindicatos debido que trabajaban más horas por menos dinero. Los más horrendos efectos eran atribuidos al opio que fumaban. Algo más tarde, llegará el turno de los mexicanos. Durante los años 20, miles de mexicanos habían emigrado al país para satisfacer la enorme oferta de trabajo que había en EE.UU. Tras la pérdida de empleos, se convierten en un grupo indeseable de personas que son percibidas como ladrones de trabajos. La droga con la que se los relacionó en este caso fue la marihuana. A ella se le atribuía un gran protagonismo en los delitos de sangre, en las violaciones y en comportamientos sexuales contrarios al que marcaba la moral puritana. Se puede ver un buen ejemplo de esta propaganda en la película Reefer Madness.

Sin embargo, iniciar una cruzada contra un fármaco corre el riesgo de ser en balde si no se hace a escala internacional, puesto que si los países productores de las sustancias prohibidas no persiguen la elaboración, se infiltraría sin problemas en el único país que las proscribe. Esta circunstancia coincidió con dos factores determinantes para la historia del siglo XX. Por un lado,  el comienzo del imperialismo norteamericano en 1898 tras la guerra de Cuba y, por otro, la doctrina del Destino Manifiesto según la cual el destino de los Estados Unidos consistía en limpiar el mundo de inmoralidad.

Comencemos primero por el desarrollo de la prohibición a nivel interno. Aunque diversos estados habían prohibido el alcohol o el tabaco, nunca se había llevado a cabo ninguna proscripción a nivel federal. La guerra contra las drogas se iniciará con la denominada Ley Harrison (Harrison Narcotics Tax Act). No era una ley estrictamente penal, sino fiscal. De lo que se trataba era de regular y gravar la producción, importación y venta de cocaína y opiáceos. Asimismo, los médicos podían recetar estos fármacos para tratamientos regulares, pero no para el tratamiento de adicciones. Aunque la ley no prohibía expresamente estas sustancias, marcaba un nuevo camino en política de drogas.

En 1919 se tendrá como objetivo el alcohol, mediante la Ley Volstead, más conocida como Ley Seca, que prohibía la producción, distribución, importación y exportación de bebidas alcohólicas, a excepción de la sidra, el vino de la misa, y de ciertos fines como el médico o científico. Esta ley no tuvo como consecuencia la reducción del consumo, sino que produjo envenenamientos por adulteración con alcohol metílico y corrupción en distintas capas de la administración. Al mantenerse la demanda de alcohol, surgen grupos mafiosos para satisfacerla a través del crimen organizado, cuya gran figura es Al Capone. Los múltiples casos de corrupción y el poder de las mafias, así como la desobediencia civil y la necesidad del fisco de recuperar ingresos tras el crack del 29, llevaron a la derogación de la ley en 1933.

Por último, la Marihuana Tax Act de 1937 termina por establecer la prohibición en su primera fase al crear un impuesto a fabricantes y distribuidores de marihuana.

Por otro lado, la prohibición tiene que imponerse a nivel internacional y a través de diversos tratados se va a crear una nueva política internacional. A pesar del creciente poder de los Estados Unidos, se trataba de una ardua tarea puesto que había países cuyo PIB dependía en buena medida del opio como, por ejemplo, Turquía e Irán. Como prueba de esta dificultad, fracasaron los primeros intentos, a saber, la reunión de Shanghai en 1906 o la Convención de Ginebra de 1925.

Fue a partir de las convenciones de Ginebra de 1931 y 1936 cuando la mayoría de países establecen las bases de una cooperación en política de drogas. Entre otras, se adoptan medidas como comprometerse a castigar la tenencia y tráfico de ciertas sustancias, la creación de policías especializadas y de la Comisión de Estupefacientes y la Junta de Fiscalización de Estupefacientes.

Desde la década de los 30 hasta la de los 60 reina un estado de tranquilidad debido fundamentalmente a que existían drogas legales que producían el mismo efecto que las que se hallaban proscritas, por ejemplo, las anfetaminas aún eran legales y mantenían el consumo de cocaína al mínimo; lo mismo sucedía con las benzodiacepinas, que compensaban la prohibición de los opiáceos. De esta forma, el mercado negro permanecía muy debilitado ya que los usuarios preferían la alternativa legal.

Tras la calma llega la tempestad y la década de los 60 va a suponer una reacción dialéctica a la tranquilidad de los 50. Es la década de la lucha contra la guerra del Vietnam, por los derechos civiles, de la revolución sexual y, por supuesto, del consumo de drogas, especialmente de las psiquedélicas.

Durante esta década van a causar furor especialmente dos drogas de corte psiquedélico: la marihuana, que ganó la popularidad de la que careció inicialmente, y la LSD, una potente sustancia visionaria descubierta por el químico Albert Hofmann en 1938. Además, también recibieron atención el peyote y los hongos psilocibios. Todas estas drogas suponían una apertura de conciencia tal que se convirtió en la gasolina del movimiento hippie y de formas alternativas de vivir. Algo que ponía en jaque a la sociedad conservadora acostumbrada a la vida de los años 50.

Asimismo, la prensa sensacionalista instrumentalizó casos de mal uso de LSD, como el de personas se lanzaban por las ventanas creyendo poder volar, causando escándalos en los sectores biempensantes de la época. Por último, comienza a florecer el tráfico de heroína proveniente de Vietnam.

Esta coyuntura transformará la cruzada en guerra total a principios de los años 70. Lo veremos en el próximo artículo.

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